Un pasaje hacia la aventura

Un largo camino llevó a Juan Villalba de su infancia apasionada por los animales a dirigir el Bioparque M’Bopicuá. En él hay lugar para citas con mandatarios a lomo de un elefante, encuentros con gorilas en la selva, el rescate de una famosa especie en extinción y más de un enfrentamiento con traficantes de fauna.

Por Martín Otheguy 

Ilustración: Oscar Scotellaro

 

A comienzos de los años 60, los pasajeros de un tren que hacía el recorrido Paysandú-Montevideo, varados por culpa de un desperfecto mecánico, comenzaron a sentirse inquietos ante la presencia de un niño que viajaba con ellos. El niño en sí no era el problema, sino su equipaje y lo que hacía con él. Estaba sacando culebras para que pudieran tomar un poco de aire y beber algo de agua. ¿Qué hacía ese niño de ocho o nueve años con víboras en la mano y una cantidad de cajas misteriosas de las que salían sonidos extraños? 

El niño en cuestión se llamaba Juan Villalba y su afición a los animales se inició bastante antes de ese viaje que puso nervioso a más de uno. La fauna marcó el camino que lo había llevado hasta allí y que cuarenta años más tarde lo impulsaría a proyectar y dirigir el Bioparque M’Bopicuá.  

Villalba es un apasionado por los animales desde que guarda recuerdo, a tal punto que no puede señalar con precisión un evento que despertara su amor por ellos. Es como una marca de nacimiento o un sello endémico de su personalidad, como tantos otros rasgos que marcan la singularidad de los individuos que integramos la especie Homo sapiens. 

Tan temprano nació esa inquietud por la naturaleza que guarda aún un viejo álbum sobre fauna y flora del Río de la Plata que estuvo entre sus primeras pertenencias, casi antes de empezar a caminar, y que está desgastado por el uso obsesivo de su niñez temprana. 

Pronto quedaría claro que aquel no era un capricho pasajero. Sus visitas al zoológico de Villa Dolores despertaron una fascinación por los animales más grandes del lugar, especialmente con los elefantes y los tigres. El pequeño Juan prácticamente obligaba a alguien de su familia que lo llevara todas las semanas a Villa Dolores y, si no podía hacerlo, se entretenía con la estola de zorros de su abuela en las reuniones familiares, jugando a darles vida con su imaginación.  

Todavía recuerda la impresión profunda que le causaba sentir la presencia de los elefantes a su lado y el ruido atronador que les hacían las tripas. Era una fascinación sin explicación lógica, que  surgió instintivamente desde muy niño y que se reiteraría toda su vida en los encuentros con animales. Los años, más que aplacar esa obsesión, la han aumentado. 

Al igual que a Jorge Luis Borges, a Villalba lo atraían especialmente los tigres y sus parientes americanos, los jaguares. Como dijera Borges, “demoraba, de niño, ante cierta jaula del zoológico”. Aquella vida de espectador azorado ante la presencia de los animales, sin embargo, se fue tornando en curiosidad por entrar en contacto con el reino animal a medida que crecía. 

En sus vacaciones en Paysandú, en la chacra de sus tíos, el pequeño Villalba siguió el derrotero de todos los grandes aficionados a la fauna y la historia natural (desde Darwin a su admirado y luego amigo Gerald Durrell): coleccionar y analizar animales de todo tipo. Volvía a Montevideo con una pequeña arca de Noé que ponía a prueba la paciencia de sus padres: culebras, lagartos, zorros, ñandúes, entre muchos otros. Para la familia era a veces un verdadero dolor de cabeza, porque aquel niño cargaba por ejemplo con valijas pesadísimas que contenían todos los insumos para mantener y cuidar de felinos salvajes, ante la eventualidad de toparse con uno. 

Al regresar a Montevideo, el tren se llenaba de jaulas y cajones extraños, en el que viajaban animales de toda clase. Algún pasajero se sorprendía ante los sonidos que salían de aquellas cajas grandes o, como mencionamos a comienzo de esta historia, cuando sacaba a ventilar las culebras. 

El fondo de la casa de los Villalba era una visión curiosa en plena ciudad. Había algún ñandú suelto, un zorro, lagartos y víboras. Pero a partir de los diez u once años, Juan comenzó a comprender que no era lo mejor tener animales silvestres en espacios reducidos, un sentido de la responsabilidad que se combinó también con un ultimátum por parte de sus padres, cansados ya de un par de zorros especialmente olorosos que vivían en el hogar. 

Pasión por África 

Su pasión por los animales estaba lejos de agotarse. En la adolescencia, un tema comenzó a obsesionarlo hasta ocupar buena parte de sus pensamientos y actividades: realizar un viaje a África. Los documentales que pasaban en el cine sobre la fauna de ese continente habían ayudado a encender la imaginación de Juan, que soñaba con ver aquellos animales en su hábitat natural. 

Era un sueño casi imposible, porque su familia no tenía el dinero necesario para un viaje tan exótico por entonces. Pero como no hay peor gestión que la que no se hace, Villalba comenzó desde su temprana adolescencia a zumbar insistentemente alrededor de la Embajada de Sudáfrica, con la persistencia de la mosca africana.  

De tanto ir por allí a pedir información sobre la fauna y los atractivos del país, generó una relación de confianza con el personal de la embajada que años después daría sus frutos. Al cumplir 18 años, obtuvo una suerte de beca para realizar un viaje de seis meses con el objetivo de conocer los parques naturales de Sudáfrica. “Habré insistido tanto que fue la manera que tuvieron para sacarme de encima”, bromea hoy Villalba. 

En Sudáfrica visitó las reservas y parques de Umfolozi, Hluhluwe, Kruger, Mala-Mala y tuvo su primer contacto con un área de la conservación que marcaría el resto de su carrera profesional: el rescate de animales en extinción. Conoció al rinoceronte blanco del sur, que logró escapar a la desaparición gracias a un proyecto iniciado en ese país (a su primo, el rinoceronte blanco del norte, no le fue tan bien). Pudo apreciar, además, leones, elefantes, grandes manadas de cebras y una variedad increíble de aves como las que veía en los documentales del cine. Un año después de esta experiencia visitó Europa y logró estar presente en otro hito de la lucha por la conservación: la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano que se realizó en Estocolmo en 1972, el evento que convirtió al medio ambiente en un tema de relevancia a nivel internacional.  

Aquel sería solo el comienzo de una larga serie de viajes por el mundo- que al momento de escribir esta nota cubre ochenta países- casi siempre detrás de asuntos vinculados con la fauna. 

Gorilas en la niebla 

En Montevideo, sin embargo, la cosa no iba tan bien. El joven Villalba pretendía iniciar la carrera de Ciencias Biológicas en la entonces Facultad de Humanidades y Ciencias, pero sus planes quedaron truncos cuando la recién iniciada dictadura decidió clausurarla. Juan se quedó sin la posibilidad de realizar esos estudios universitarios y debió convertirse en autodidacta, continuando su formación en otros ámbitos académicos nacionales e internacionales. 

En esta época, sin embargo, logró conectarse laboralmente a los temas que lo apasionaban. Fue invitado a formar parte de la Comisión de Flora, Fauna y Paisaje del flamante Instituto para la Preservación del Medio Ambiente de Uruguay, donde inició una década de trabajo. Comenzó también a vincularse con el Fondo Mundial para la Naturaleza, con el que desarrolló varios proyectos. Fue allí, al cumplir tareas para la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), cuando comenzaron las aventuras exóticas de Juan en otros países. 

Paralelamente, en 1975, había iniciado un proyecto personal muy ambicioso. Impulsado por los sueños de su adolescencia, quiso crear una estación de cría de fauna africana en Uruguay. El fracaso de la iniciativa pese a meses de trabajo –debido a errores burocráticos ajenos- le trae aún hoy dolor, un dolor que en su momento fue también físico. En una ocasión en la que se encontraba trabajando con cebras en Sudáfrica, uno de estos animales dio una brutal patada y partió una tabla que terminó quebrando la mandíbula de Villalba. 

Los viajes que quedaron más marcados en su memoria en aquella primera etapa fueron a la India y Botsuana. De la India recuerda a los tigres nadando en los lagos del parque Ranthambore, los bramidos de los ciervos axis al ver acercarse a sus predadores (en Uruguay sus predadores tienen dos patas, bromea Juan) o las aves del Parque Nacional Keoladeo. En una de esas ocasiones, Villalba observó asombrado cómo uno de los tantos guías amateurs que se ofrecían en el lugar se hundió en una cueva y apareció al poco rato con una pitón enorme en sus brazos. 

El propio Juan dio la nota en aquel viaje, cuando junto al resto de la comitiva tuvo el honor de ser recibido por Indira Gandhi en el jardín de un lujoso hotel. A Villalba se le ocurrió llegar a lo grande: impecablemente trajeado montado sobre un elefante que lo trasladó desde su hotel al lugar del encuentro. La impresión que causó en algunos de sus compañeros fue tal que muchos creyeron que estaba llegando un marajá. 

En Ruanda, Villalba se dio el gusto de convivir con gorilas de la montaña en la selva. Debió estar entre ellos con la cabeza gacha, sin bostezar ni mirarlos fijamente, a fin de que los gorilas no interpretaran esos gestos como un desafío. Recuerda aún la sensación de respeto y reverencia ante esos animales formidables. O, como dijo una vez el escritor Douglas Adams tras pasar por un encuentro similar, tener “todo tipo de sensaciones descabelladas y vertiginosas para las que no se encuentra nombre alguno”. 

Ninguna papa pal loro 

Otras aventuras, con otra clase de animales, darían comienzo a partir de 1985, cuando CITES recomendó al Fondo Mundial para la Naturaleza instalar una oficina de Traffic (ONG que lucha contra el tráfico de animales) en Sudamérica. Juan fue el elegido para ocupar el puesto de director y convenció al organismo de crear una oficina regional con sede en Montevideo. 

En la década en que ejerció ese cargo, Villalba se convirtió casi en un “policía verde”, como titularía la prensa luego. De las montañas selváticas africanas y los lagos asiáticos en los que se bañan los tigres pasó a vérselas con depredadores muy distintos y mucho más peligrosos: los que lucran con el tráfico ilegal de especies. 

En ese tiempo Villalba rescató ejemplares de la que es quizá el ave más carismática en extinción, se metió con militares corruptos, desarticuló cargamentos millonarios de pieles de animales, quiso interceptar un envío que terminó en el misterio de una montaña nevada y recibió con frecuencia amenazas de muerte. Para entender el grado de peligro que implicó su tarea, hay que recordar que el tráfico de especies es el tercer negocio más lucrativo del mundo criminal, luego del narcotráfico y la falsificación. Mueve al menos veinte mil millones de dólares al año y tiene la protección de intereses muy poderosos. 

Algunos de los casos en los que participó Villalba fueron tan sonados que se resolvieron recién treinta años después. En 1985, Juan recibió el reporte de que un avión, que salía de Asunción y que haría escala en La Paz (Bolivia) antes de dirigirse a Miami, llevaba un enorme cargamento ilegal de pieles de caimán. Dio aviso de este hecho a las autoridades bolivianas, que le respondieron que la información no era correcta y optaron por no hacerle caso. El destino, sin embargo, impidió conocer en su momento quién estaba en lo cierto. El avión se desvió misteriosamente de su curso y se estrelló en el monumental monte nevado Illimani, a 6.500 metros de altura en La Paz (el accidente a mayor altura en la historia) con veintinueve personas a bordo. Durante tres décadas no pudieron hallarse los restos, en una cadena de decisiones erráticas de las autoridades que, sumadas al desvío de la aeronave, llevó a tejer todo tipo de especulaciones sobre el cargamento, se decía que llevaba diamantes e incluso dinero negro. 

En 2016, dos alpinistas aficionados estadounidenses se empecinaron en resolver el misterio tras enterarse de la historia y lograron encontrar los restos gracias a que la nieve había desaparecido en varias zonas del Illimani. ¿Qué hallaron además de restos humanos? Miles de pieles de caimán. Juan Villalba tenía razón. Las cajas negras nunca se encontraron, por lo que jamás sabremos por qué el piloto decidió desviarse. 

En 1987 protagonizó su operativo más recordado y quizá con más repercusión internacional, cuando rescató dos ejemplares del guacamayo más codiciado del mundo (que inspiró la película Río): el Spixii, extinto en la naturaleza. Para recuperarlos, Villalba viajó en avión a Asunción, se metió con una orden de allanamiento en la casa de un traficante alemán radicado en Paraguay que tenía conexiones con el dictador Alfredo Stroessner y logró interceptar a una empleada que se fugaba por la azotea con los dos guacamayos en una valija.  Luego, más raudo que un ave, se refugió en la embajada hasta poder salir a salvo en avión.  

En 1990, también en Paraguay, involucró a dos altos mandos militares en una millonaria exportación ilegal de pieles de caimanes, lo que lo obligó a refugiarse en un hotel por consejo de integrantes de la Embajada de Estados Unidos, que temían por su vida. Sus acusaciones demostraron ser ciertas y los militares involucrados en la operativa fueron detenidos, en un caso que llegó a la tapa de los diarios paraguayos. 

Sus pesquisas para desarticular el tráfico de animales lo llevaron a protagonizar muchos titulares de prensa en esa década y a salir en más de un libro. “Un policía verde combate a los traficantes de pieles”, tituló Folha de Sao Paulo, que lo calificaba de “súper policía ecológico”. “Un detective de la fauna anda suelto por el mundo”, señalaba El País. Apareció en la prestigiosa revista Time (que dedicó una nota de tapa al tráfico animal), en la publicación Selecciones de la Reader’s Digest y fue entrevistado varias veces por la CNN en Washington. El “súper policía” salía en medios casi tanto como los detectives de la ficción. 

Aves, bestias y parientes 

Para 1995, sin embargo, Villalba ya no estaba a gusto en Traffic, al no sentirse respaldado en algunos operativos y dudar de las intenciones de otros funcionarios. Abandonó aquel trabajo tras diez años intensos y se involucró con proyectos de menor riesgo. Por ejemplo, iniciativas del Banco Interamericano de Desarrollo para fortalecer la Dirección Nacional de Medio Ambiente en Uruguay y el impulso de la Quebrada de los Cuervos como área protegida, con su correspondiente plan de manejo.   

Ya en esa época, el recorrido de su vida lo acercaba inexorablemente al camino que lo llevó hasta el Bioparque M’Bopicuá. Trabajaba por entonces en relevamientos de fauna en las áreas naturales de lo que era la empresa ENCE, lo que finalmente terminó fructificando en la idea de crear el bioparque para reproducir y reintroducir especies nativas en el país (enlace al otro artículo), hoy propiedad de Montes del Plata. 

Sus numerosos viajes en busca de fauna y su curiosidad por los animales no lo eximieron de sufrir algunos accidentes. Su idilio con Timur, un tigre que él mismo había llevado al zoológico de Atlántida y con el que jugaba con frecuencia, le provocó una fisura de cráneo cuando el felino se mostró excesivamente impetuoso en sus juegos y cerró con demasiada fuerza las fauces en su cabeza. Juan aclara que el tigre jugaba con él como si fuera un gato y que la lesión no se la provocó al agredirlo sino simplemente con ánimo de jugar, una diferencia que solo un entusiasta por los animales resaltaría. 

En uno de sus paseos por Paraguay, tomó una anaconda amarilla en un lago y la víbora le dejó clavado un diente en uno de sus dedos, un recuerdo que permaneció allí durante años.  A esta lista de sucesos habría que sumar, además, una serie de mordeduras y arañazos, gajes del oficio para un naturalista y conservacionista. Como repasamos en otro de los relatos, la herida más dolorosa no se la causó ni un tigre ni un jaguar sino un cachorro de tamandúa que le hundió sus garras en la mano con una fuerza insólita. 

Los años pasaron y el destino quiso que Villalba no tuviera que trasladarse más para ver los animales, una parte tan esencial de su vida. Esta vez, los animales fueron a él. En la estancia de M’Bopicuá, amanece con los rugidos del jaguar y admira la puesta de sol rodeado de decenas de aves. Más de sesenta especies lo acompañan en el día a día, tan fascinantes como cualquiera de los animales que observó en los ochenta países que visitó.  A veces, algunos sonidos lo transportan a paisajes lejanos y le traen pantallazos del mundo que recorrió, de lagos remotos, de praderas o selvas llenas de vida.  Pero las aventuras, esta vez, están a la vuelta de la esquina. 
 

 

 

Las opiniones vertidas en estas historias son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento del Bioparque M’Bopicuá o de sus autoridades y/o las de Montes del Plata.


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