El secreto de sus ojos

¿Cómo hizo el personaje de esta historia para saltar del bolsillo de un veterinario a las páginas de una de las revistas más famosas del mundo? Conozcan la meteórica carrera de Margarita, estrella del Bioparque M’Bopicuá.

Por Martín Otheguy

Ilustración: Oscar Scotellaro 

Salió en prestigiosas revistas internacionales, protagonizó una campaña publicitaria con alcance nacional, su rostro adornó la tapa de un libro, aparece en varias producciones audiovisuales que llegaron a todo el continente, fue noticia de diarios y conquistó a los lectores de los portales de prensa. 

Es carismática, bellísima, tiene unos tobillos envidiables y guarda un aire de misterio que hechiza a cualquiera que pose sus ojos sobre ella. ¿Quién es esta modelo famosa? ¿Cómo logró tantas cosas? Y, sobre todo, ¿qué tiene que ver una estrella mediática de este nivel con un ciclo de historias del Bioparque M’Bopicuá? Todo, porque la estrella en cuestión es Margarita, la margay más célebre del bioparque, cuyas apariciones en los medios no tienen que ver con la farándula sino con la conservación.  

Margarita tiene otros talentos, además de su magnetismo mediático, pero estos los comparte con los demás ejemplares de su especie. El margay es un pequeño felino del tamaño de un gato doméstico, con un par de ojos grandes adaptados para la vida nocturna (enternecedores a nivel video de gatito de YouTube) y un pelaje entre amarillento y naranja, con grandes ocelos, que hace recordar a un pequeño leopardo.  Que sus tobillos son envidiables es cierto: puede rotar sus patas traseras 180 grados para subir y bajar con agilidad de los árboles, a los que se adaptó mejor que cualquier otro felino. Tiene también una espléndida cola anillada que usa como contrapeso para auxiliarse entre las ramas. 

En eso, Margarita no es diferente a cualquier otro margay del Uruguay. Lo que la hace distinta es su curiosa aventura personal, que la llevó desde los bolsillos de un veterinario de Velázquez (Rocha) a las páginas de la revista más famosa del mundo en divulgación de fauna.  

Ojos bien cerrados 

La vida de Margarita tuvo un comienzo trágico, que parece salido de aquellas películas para niños de otros tiempos, con características lacrimógenas: perdió a su madre cuando tenía apenas días de nacida y apareció tras una crecida en unos montes del Cerro Áspero en Rocha, con los ojos aún cerrados y sin posibilidades de valerse por sí sola en la naturaleza. Marcelo y Karina, una pareja de veterinarios de Velázquez, convencieron al hombre que la había encontrado de que se las entregara para poder cuidarla en su casa. Marcelo la colocó en un bolsillo de su campera y allí, apenas una bola de pelos diminuta refugiada como una cría de canguro, hizo todo el trayecto hasta la veterinaria.  

Al comienzo creyeron que se trataba de un gato montés, pero al observar su pelaje con atención e investigar un poco más sobre los felinos del Uruguay, se dieron cuenta de que lo que tenían entre manos –o en el bolsillo de la campera, para ser más precisos- era un margay. Y no cualquier margay. Desde muy temprano Margarita mostró un temperamento especial y una curiosidad tremenda por los seres humanos. 

“La gente que venía a sacarle fotos a la veterinaria se acercaba y antes de que pudieran enfocar, Margarita ya les saltaba encima”, recuerda hoy Karina. 

Durante un largo tiempo estuvo suelta en el lugar, pero fue tal la cantidad de destrozos que provocaba que los veterinarios optaron por fabricarle un recinto especial. Margarita, tal cual la bautizaron al hacer un juego de palabras con el nombre de la especie, se escapaba y aparecía en casas ajenas, enganchaba sus garras en el pelo de los trabajadores del local o trepaba a las estanterías, a los helechos colgantes y a las lámparas de techo. Un día, de tanto balancearse en una de ellas, provocó un cortocircuito y se llevó tal susto que desapareció durante un rato largo.  

Si ya de por sí era algo curioso cuidar de un margay, la vida familiar se volvió más compleja un par de años después; otro incidente inesperado obligó a los veterinarios a reacomodar el espacio de Margarita en la casa, pero también a replantearse si era correcta la presencia de un animal silvestre en su hogar. 

Un día, unos amigos de la pareja se comunicaron con ellos para informarle que habían encontrado otro margay –esta vez un macho- dentro del gallinero de un vecino. El felino había entrado para despacharse con una cena fastuosa a base de las gallinas del hombre, pero una vez que terminó con la faena no encontró la forma de salir. Karina y Marcelo se encargaron de que nadie hiciera daño al animal y con ayuda de un vecino lograron meterlo en una jaula pequeña y llevarlo a su casa. 

Si siguiéramos en el modo película para niños con animales antropomorfizados, aquí llegaría la parte en que nace un romance a primera vista entre los dos margays, con muestras de cariño inmediatas. Pero lo que hubo en realidad fue muestras de antipatía, gruñidos y actitud a la defensiva, pese a que los veterinarios tuvieron el buen tino de dejarlos en espacios separados para que se fueran acostumbrando a su mutua presencia. 

Con el tiempo el acercamiento paulatino rindió su efecto, porque cuando los colocaron juntos en el recinto más amplio en el que residía Margarita, lograron congeniar y compatibilizar. Y mucho, como se comprobaría un tiempo después.  

No era todo color de rosa, y alimentarlos suponía todo un juego de estrategia, pero los margays pudieron convivir. Un tiempo, al menos. Al tener a los dos margays juntos se hizo evidente que aquel no era espacio para ellos. Y que, de hecho, no era lo correcto tener animales silvestres en un hogar, aunque en el caso de Margarita eso significó que se le salvara la vida. La huella humana en ellos hacía imposible que fueran liberados en la naturaleza, por lo que la pareja decidió que fueran enviados juntos a un lugar en el que pudieran estar en mejores condiciones que en su casa. Margarita, para entonces, tenía ya casi tres años. 

“No queríamos llevarlos a cualquier lado, sino un sitio en el que estuvieran bien”, dice Karina. Recorrieron varios zoológicos y reservas hasta que dieron con el Bioparque M’Bopicuá, en una serie de visitas equivalentes a la que harían dos padres cuando están evaluando los apartamentos que podrían alquilar para sus hijos. “Apenas vimos lo que era aquello y cómo tenían los felinos, pensamos que ese era el lugar para ella”, recuerda Marcelo. Y, de yapa, para su compañero.

“Cuando vimos en qué condiciones quedaba, no nos dio pena. Además, sabíamos que en casa ya no estaban bien, con mucho encierro”, agrega Karina. 

“Acá, si usted quiere, sí la dejamos venir”, le dijo entonces Karina a Juan Villalba, director del Bioparque M’Bopicuá. Además, la llegada de Margarita y el macho –sin un nombre que haya perdurado- daba esperanza a otro de los proyectos ambiciosos del bioparque: reintroducir en la naturaleza al margay, que en nuestro país se encuentra amenazado.  Y Margarita, como se verá en otra de las historias de este ciclo, tuvo un papel clave para que ese sueño sea ahora una esperanza con muy próxima concreción. 

Juan, emocionado ante la perspectiva de desarrollar el proyecto de reintroducción, no demoró nada en decidirse; a los pocos días fue en su auto hasta el hogar de los veterinarios y llevó a los dos margays al bioparque.  

Como dos gotas de agua 

En M’Bopicuá, Margarita se convirtió en la estrella del lugar. A gusto ya en un recinto amplio, con árboles donde poder pasearse a antojo, se volvió todo un personaje gracias a su curiosidad, lo que la hacía -y la hace- muy fotografiable. 

Fue así como no faltaron las ocasiones para que se luciera frente a la cámara. Apareció en algunos documentales de fauna realizados en Uruguay, en la tapa de un libro de divulgación sobre las especies amenazadas del país y hasta fue protagonista de una campaña publicitaria con alcance nacional.  

Un día, una muchacha que trabajaba en la veterinaria de Marcelo y Karina fue hasta una panadería cercana y vio algo que le llamó la atención en un bidón de agua embotellada. En la etiqueta, posaba un felino de mirada intrigante. Volvió a la veterinaria y le dijo a Karina: “Si la que está en las botellas de agua no es Margarita, es igualita”. “¿Qué botellas?”, preguntó Karina. Para sacarse la duda con sus propios ojos, fue hasta la panadería en cuestión, compró un bidón de agua, recortó la etiqueta y ya no dudó: sobre su mesa la miraba su Margarita, solo que esta vez no personalmente sino en la etiqueta del bidón. 

Cuando llamó a Juan, el naturalista le confirmó que la margay había sido parte de una campaña de fauna nativa de una marca de agua mineral, que en lugar de colocar a una modelo humana posando con una botella había optado por convertir a la fauna silvestre en su cara visible (por más información relacionada, ver nuestra historia Hasta que el margay los separe). Sus quince botellas de fama no habían pasado inadvertidas a sus antiguos cuidadores.   

Karina y Marcelo extrañaban tanto a la margay que una vez al año iban al bioparque a visitarla y a confirmar que estuviera bien. No lo pueden dar por seguro, pero creen que Margarita los reconocía, ya que solía arrojarse sobre ellos ni bien llegaban a su recinto. 

Excepto por el lugar más amplio y arbolado, la notaban igual que como ellos la habían dejado. Todo cambió un par de años después de su llegada. Una mañana, mientras Juan Villalba guiaba a un grupo de escolares en su visita por el bioparque y les mostraba a los margays, uno de los trabajadores le pidió para hablar con él. Juan, extrañado, le solicitó a la maestra que siguiera camino y le dijo que él se encargaría de alcanzarlos luego. El funcionario había encontrado algo dentro del recinto del margay, algo vivo y que, igual que Margarita cuando fue hallada en Rocha, tenía aún los ojos cerrados. Lo ocurrido con ese pequeño milagro, sin embargo, ya es parte de otra historia. 

 

 

 

Las opiniones vertidas en estas historias son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento del Bioparque M’Bopicuá o de sus autoridades y/o las de Montes del Plata.

 


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