El rey sin corona de M’Bopicuá

¿Qué tienen en común la corona escocesa y la estancia de M’Bopicuá, que es hoy centro del bioparque? Un personaje quijotesco los une en una historia que, si fuera una novela, resultaría demasiado fantasiosa.

Por Martín Otheguy

Ilustración: Oscar Scotellaro 

En la estancia de M’Bopicuá, el lugar en el que hoy reinan los animales del bioparque, vivió un rey sin corona, un noble humilde, un antiguo muy moderno. Era un personaje tan extraordinario que el escritor George Bernard Shaw consideró que su vida era una realización demasiado fantástica como para que fuera creíble en una novela. Otro de sus amigos escritores, Joseph Conrad, sentía que en comparación con él había vivido toda su vida en un agujero oscuro sin ver o saber absolutamente nada. 

Tuvo mucho menos reconocimiento que Shaw o Conrad en la literatura, pero se conformó con hacer de su propia vida una obra maestra, como dijo el pintor John Lavery.  Sus aventuras por Sudamérica y sus libros inspiraron películas como La misión, con Robert de Niro y Jeremy Irons, y le ganaron la admiración de los más grandes escritores del mundo, pero su nombre no alcanzó la fama que se merece. Un monolito que lo recuerda en Uruguay, erigido en el Parque Batlle, está hoy vandalizado y sobrevive sin gloria, con las letras de su nombre apenas visibles. 

Es uno de los pocos que puede afirmar, a la par de su amigo Oscar Wilde, que puso su genio en su vida y su talento en su obra. Fue una de esas figuras que los angloparlantes definen como “larger than life”, expresión intraducible que solo puede aplicarse literalmente en nuestro idioma con un personaje como él, cuyas aventuras no parecen caber en una sola vida.  

Sin embargo, una línea histórica puede trazarse desde el reino de Escocia al predio del Bioparque M’Bopicuá, por improbable que parezca. No es una línea recta y apacible: está llena de aventuras, viajes peligrosos, secuestros, contrabando, naufragios, fiebre del oro, romance y naturaleza salvaje, pero vale la pena cabalgar sobre ella. 

¿Quién era este hombre, uno de los más fantásticos que nos haya dado el último siglo y medio, y por qué su vida se conecta con la nuestra? Para saberlo, basta con ensillar el caballo de la historia. 

Nació en Escocia en 1852 con el nombre de Robert Bontine Cunninghame Graham, pero en Sudamérica fue conocido y respetado como Don Roberto. Sangre noble corría por sus venas: era el descendiente directo del rey escocés Robert II y le correspondía el título de conde de Menteith, lo que llevó a que el poeta escocés Andrew Lang lo llamara el “rey sin corona” y lo instara a reclamar la de Escocia, basándose en la ilegitimidad de la línea de los Estuardo.  

Criado en la aristocracia, no lo motivaba la comodidad sino un hambre de cosas desconocidas, quizá heredada de su madre hispano-venezolana. Tenía solo 18 años cuando decidió escuchar ese llamado y embarcarse rumbo a Buenos Aires en el Patagonia, en la primera y más formativa de sus muchas aventuras. Llegó al Río de la Plata en pos de un negocio ganadero que no prosperó, pero ese fue un detalle menor. Como él mismo supo decir mucho tiempo después, “solo el fracaso es interesante”.  

Y era tan interesante que se quedó más de ocho años en el Río de la Plata, enamorado de nuestros campos anchos como el océano. Aunque al comienzo no tenía tantas habilidades para montar -“el gringo se va al suelo”, decían los paisanos- en poco tiempo se convirtió en un gaucho más. No uno más, en realidad. En uno extraordinario, que hizo tantas cosas en ese tiempo que repasarlas en un párrafo es como recibir una bofetada de asombro tras otra. 

Fue secuestrado por una cuadrilla rebelde del caudillo entrerriano López Jordán, que quería derrocar al presidente argentino Sarmiento; plantó yerba mate en el Paraguay y más tarde quiso introducirla en Gran Bretaña –fracasó, motivo por el que quizá no existe hoy el “Five o’clock mate”-; recorrió a caballo desde el Paraná hasta las cataratas de Iguazú siguiendo el periplo de los primeros jesuitas en llegar a América (de allí salió el libro que inspiró a La Misión); contrabandeó caballos; fue tropero en la Banda Oriental; cruzó los Andes rumbo a Chile y fue perseguido por caciques indígenas tras comprar una estancia cerca de Tandil. Como la patria, lo hizo todo a caballo, pero sus aventuras apenas estaban comenzando. 

Luego de un breve retorno a Gran Bretaña, donde se casó con una mujer chilena, volvió a América pero en el norte, multiplicando las apuestas: traficó algodón en Texas y conoció al famoso Buffalo Bill, escapó de las flechas indígenas en el sur de Estados Unidos, puso un establecimiento rural que quemaron los indios, cazó búfalos, fue intérprete, enseñó esgrima en México (bajo el nombre del “profesor Bontini”) y dio los primeros pasos de una prolífica carrera como escritor. 

Modernos los antiguos 

Cuando regresó a Europa en 1883, acuciado por una deuda que le dejó la muerte de su padre, dio un giro aún más insólito a su vida, no menos extremo: fue elegido diputado, convirtiéndose en el primer miembro del Parlamento británico con ideas socialistas.  Iba a las sesiones montado en su caballo Pampa y desde allí escandalizó a la conservadora sociedad británica: defendió el sufragio universal, la jornada de ocho horas, el impuesto progresivo a los réditos, la nacionalización de la tierra, la educación libre y gratuita con una comida diaria, la equiparación de los hijos naturales a los legítimos, la abolición de la Cámara de los Lores, la eliminación de la pena de muerte y la integración de las mujeres a la política. Criticó a la reina Victoria por ignorar la pobreza, fue preso por participar de manifestaciones populares, se negó a retractarse ante el presidente de la Cámara de los Comunes tras proferir insultos (su frase “Yo nunca me retracto” le valió ganarse un lugar como personaje en la novela Las armas y el hombre, de Shaw), fue profundamente anti-imperialista y defendió siempre a los desposeídos, como un Quijote gauchesco, un romántico de un tiempo que ya se iba. 

Cuando abandonó la política, ni la madurez apagó su sed de aventuras.  Buscó oro en Galicia; viajó por Marruecos y cayó en manos del cadí de Kintafi, que dijo que “un Cunninghame Graham era más peligroso para el Islam que mil cristianos”; navegó el Orinoco en balsa; cabalgó los llanos venezolanos; visitó Sudáfrica y recorrió Ceilán. Como dijo Chesterton, “Cunninghame Graham realizó la aventura de ser Cunninghame Graham”. 

Y es un poco antes de esta época de viajes, cuando despuntaba la Gran Guerra, que la historia de Cunninghame se entrelaza con la del bioparque y nuevamente con el Uruguay. 

Mi reino por un caballo 

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Cunninghame Graham, que poco antes había pronunciado un discurso a favor de la paz en Trafalgar Square, sintió la necesidad de enrolarse en el ejército y hacer algo en la lucha por la libertad. Tenía 62 años y le dijeron, previsiblemente, que era demasiado viejo. Pero el “escocés errante” era demasiado intenso para aceptar un no definitivo. No logró que lo dejaran estar en el frente de batalla, pero movió cielo y tierra hasta que le permitieron, como premio consuelo, presidir una comisión que debía comprar caballos en Sudamérica para el ejército aliado. 

A fines de noviembre de 1914 se embarcó nuevamente rumbo al Río de La Plata y en febrero de 1915 llegó a la estancia de M’Bopicuá, la misma en la que hoy vive el naturalista Juan Villalba, director del bioparque que es propiedad de Montes del Plata. 

La estancia y el antiguo establecimiento cárnico habían sido comprados quince años antes por la compañía inglesa Liebig, dueña del frigorífico Anglo de Fray Bentos. Igual que Villalba, en los meses en que vivió allí Cunninghame se rodeó de animales, solo que por motivos muy distintos. Su tarea no era lograr su preservación, sino seleccionar caballos para destinarlos a un fin trágico.  

La misión central de los caballos era trasladar cañones en los campos de batalla, y con ese cometido Cunninghame eligió unos quinientos a ser enviados en barcos. Para Don Roberto, que amaba a los caballos, fue duro enviarlos a perecer en los cenagales del Somme, para “sufrir y morir sin saber por qué”. “Ya pastarán en hierbas que no se marchitan”, se consolaba en su cuento “Bopicuá” (sic), en el que recuerda la frase que uno de sus hombres dijo a los caballos: “No hay pasto como el de Bopicuá (sic) donde van, del otro lado del océano. Todo el pasto en Europa debe oler a sangre”. 

Según una crónica de época del periodista Conrado Monfort, los fraybentinos lo veían como “un tipo raro”, que en los atardeceres paseaba por las barrancas y que se pasaba los días recorriendo la distancia entre las estancias inglesas de Bopicuá (sic) y La Pileta, con el pelo canoso y lacio pero aún abundante.  En el fondo, seguía siendo un gaucho. La biógrafa Alicia Jurado recuerda que recorría cuarenta kilómetros a caballo de un tirón y se alimentaba exclusivamente de carne, que cortaba a cuchillo. En ese tiempo llegó incluso a arrestar a un hombre por homicidio, uno de los peones que trabajaba con él en el lugar. 

En una carta dirigida a un amigo, desde Fray Bentos, comentó: “Durante los últimos cinco meses estuve viviendo la vida de la que tanto escribí. Me parece un sueño, después de tantos años. Estoy casi todo el tiempo a caballo, desde el alba hasta el anochecer, casi siempre mojado (no hay modo de secarse hasta que sale el sol) y cuando vuelvo me meto a la cama”.  

Sus impresiones sobre M’Bopicuá quedaron recogidas en dos de sus relatos,”Bopicuá” y “Los pingos”, en los que observa con ojos sagaces el viejo saladero (ya en ruinas) que había adquirido “un aire de castillo”, con “la naturaleza victoriosa” reasumiendo su poder “sobre una región donde él había intentado entrometerse, para ser derrotado en su lucha”. 

Se llevó de la estancia un recuerdo (muy vivo, por cierto). En el transcurso de aquellas jornadas le llamó la atención un caballo malacara, propiedad de uno de los peones de M’Bopicuá, de apellido Irazun.  Le ofreció comprarlo, pero Irazun le dijo que se lo vendía con la condición de que no fuera a morir en los campos de batalla. El escocés le dio su palabra de que lo quería para él y cumplió: “Malacarita” lo acompañó en Gran Bretaña durante largo tiempo.  Doce años después, se sacó una foto montado en él y la envió al dueño del hotel San Martí de Fray Bentos para que se la mostrara a Irazun. La muerte del caballo, ocurrida poco después, fue tan triste para él como la de un familiar. 

Al partir de M’Bopicuá rumbo a su hogar, le escribió a su madre con nostalgia: “Fray Bentos es un lugar bonito y siempre recordaré mi paseo por el pequeño muelle, después de un día fatigoso, para mirar la puesta de sol sobre Gualeguaychú”. 

Como las aventuras seguían a Don Roberto a todos lados, en el viaje de regreso con los caballos el barco fue torpedeado por el ejército enemigo, pero tanto él como los animales lograron salvarse tras encallar en una playa de arena. Dos años después le ocurriría lo mismo al regresar de Colombia en una misión similar. 

A Don Roberto le quedaban aún veinte años de peripecias en la novela que fue su vida. La muerte no lo sorprendió en Europa sino bastante cerca de la M’Bopicuá en la que se sintió realizado. En 1936 realizó un nuevo viaje al Río de la Plata con la intención de revivir los lugares de su juventud. Alcanzó a visitar la casa natal de su gran amigo –también escritor y cronista de estos lares- William Hudson, pero contrajo un resfrío que luego se complicó y que derivó en su muerte el 20 de marzo de 1936.  

Sus restos fueron acompañados en Buenos Aires por una multitud, que reconoció su estatura de personaje legendario en forma incluso más efusiva que su país natal. 

¿Qué quedó en M’Bopicuá del paso de este personaje único? Sus relatos, en primer lugar. Segundo, algunas casualidades significativas: la primera vez que Juan Villalba llegó a Fray Bentos se alojó sin saberlo en el mismo hotel que don Roberto (hoy el Colonial), como anticipando los pasos que lo llevarían a la misma residencia.  

 Por último, quizá también la sombra de su presencia en anécdotas simbólicas. Villalba, que se fascinó con la historia del personaje antes de descubrir que ambos habían compartido la misma casa, narra que hay una habitación de la estancia en la que se siente a veces un olor fuerte a tabaco, pese a que nadie de la familia o de los trabajadores fuma. El naturalista, hombre de ciencia y que sabe que la explicación reside probablemente  en la resina de algunos muebles antiguos, prefiere en este caso bromear y jugar con las formas caprichosas que tiene la memoria para colarse en el presente: “Debe ser el espíritu de Don Roberto que anda por ahí”, dice con complicidad. 

 

 

 

Las opiniones vertidas en estas historias son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento del Bioparque M’Bopicuá o de sus autoridades y/o las de Montes del Plata.


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